Luciana Aymar no necesita presentación: es la mejor jugadora de la historia del hockey. En esta charla íntima, repasa sus logros, todo lo que le dejó el deporte y cómo fue y es su camino fuera de las canchas, abordando temas como la exigencia, la transformación personal y el liderazgo.
Su etapa como deportista
—¿Qué sentís hoy cuando ves una cancha de hockey?
—Nostalgia, pero ya no de la que duele. Al principio, cuando me retiré, sufría mucho. Hoy es una sensación linda, un recuerdo permanente de algo que siempre voy a extrañar, pero con la tranquilidad de haber cerrado esa etapa.
—¿Eras autoexigente? ¿Las Leonas o los grupos que formaste lo eran?
—Yo pedía un poco más en todo: físico, técnico, mental. Mis entrenadores a veces tenían que frenarme para que no me sobrecargara, porque necesitaban que estuviera plena en todos los aspectos. Ellos nos reeducaron en todo sentido. El cambio fue tan grande que pasamos de entrenar tres veces por semana a hacerlo todos los días, con doble turno y rutinas físicas que nunca habíamos hecho. Recuerdo los primeros entrenamientos en pileta con ropa, las pesas, los trabajos de fuerza. Nos enfrentábamos a potencias como Australia, que parecían estar en todos lados de la cancha. Físicamente, eran aviones, y nosotras tuvimos que hacer un proceso de cuatro años para estar a su altura. Ese trabajo silencioso, sin títulos inmediatos, fue la base de todo lo que vino después. Hubo muchas bajas, porque no todos podían adaptarse, varias quedaron en el camino. Nosotras asumimos la disciplina total: horarios estrictos, preparación física nueva, gimnasio, trabajo mental, y eso nos llevó adonde llegamos.
—¿Asumiste rápidamente un rol de liderazgo o lo tuviste que construir?
—No era para nada una líder al principio. Yo era muy introvertida de chica. Al principio me comunicaba solo jugando, pero después entendí que tenía que hablar, con árbitros, compañeras, entrenadores. Sin embargo, ser capitana no era solo levantar la voz en la cancha. Me preocupaba que todas tuvieran la ropa, que los viajes estuvieran bien organizados, que cobraran sus becas. Estaba atenta a los detalles que hacían que el grupo funcionara. Liderar implicaba ser ejemplo dentro y fuera de la cancha, medir cada palabra y cada gesto, porque influían en el ánimo de todo el equipo.
El liderazgo me obligó a crecer en ese sentido, y el trabajo con psicólogos fue clave para hacer el clic. El trabajo con ellos, y de los entrenadores también, nos ayudó a superar miedos, a enfocarnos y a creer que podíamos estar en los primeros lugares, que podíamos ser las mejores, y a mí en particular me ayudó a asumir un rol que nunca había pensado que podía.
“APRENDÍ QUE LIDERAR ES DAR EL EJEMPLO, DENTRO Y FUERA DE LA CANCHA”.
—¿Cómo manejaste el ego de ser señalada como la mejor?
—Es un equilibrio. Tenés que poner al equipo por encima, pero un cierto ego es necesario para llegar lejos. A mí me gustaba tener la pelota, generar jugadas, pero, por suerte, tuve entrenadores que supieron hacerme ver que era necesario plantear otras estrategias de juego, que priorizaran el trabajo colectivo y, en definitiva, que me permitieran destacarme en espacios o momentos clave.
—¿Cuál es el triunfo o logro que más recordás o el más valioso?
—La respuesta que siempre doy es haber ganado el Mundial de 2010 en Rosario, en mi tierra, con mi gente, fue una experiencia que jamás pensé que podía darse como se dio. Pero hubo muchos momentos que me llenaron de orgullo, y uno de ellos fue Sídney 2000, por el valor simbólico que tuvo en perspectiva. Festejamos la final como si la hubiéramos ganado, aunque el oro fue para Australia. Para ellas era un día más; para nosotras, fue un logro histórico, porque fue la primera muestra clara de que el sacrificio que estábamos haciendo daba sus resultados, que teníamos que seguir confiando en el proceso que había comenzado y que estábamos preparándonos para cosas importantes.
—¿Nunca pensaste en ser entrenadora o en ocupar algún rol a nivel dirigencial?
—No, porque implicaría volver al mismo estilo de vida que llevé durante veinte años. Soy exigente y me costaría no trasladar eso al equipo. Me encantaba entrenar, pedía un poco más cada día. Además, por el momento no tuve una oferta que me resultara irresistible. Hoy mi prioridad son mis hijos y mi familia, y no estoy dispuesta a dejar Chile para venir varias veces por semana o a modificar mi estilo de vida.
La vida post competencia
—¿La exigencia que tenías como jugadora sigue hoy?
—De otra manera. La búsqueda de la excelencia me acompaña, pero también me frena. Me pregunto si podré lograr algo tan bueno como lo que hice, pero sé que es difícil. No es lo mismo que te aplaudan por un título que por ir al súper o a pagar los impuestos, pero aprendí a valorar otros logros.
—¿Cuál es tu mayor orgullo hoy?
—Mi familia, no tengo dudas. Cuando dejé de jugar estaba melancólica, con muchas preguntas, no sabía dónde poner mi energía y mi tiempo. Ser deportista te acostumbra a tener hábitos y una rutina muy marcada, y cuando dejás la alta competencia, todo eso queda en el aire. Sin embargo, ser madre y armar mi vida fuera del deporte fue una gran terapia, me ayudó a reordenar mis prioridades y enfocarme en otros objetivos. Es un logro que valoro tanto como cualquier título.
—¿Qué te enseñó el deporte más allá de lo técnico?
—Valores, disciplina, constancia, todo eso que la gente identifica en Las Leonas: trabajo en equipo, esfuerzo constante y mucho trabajo. De chica era tan distinta a lo que luego fui o a lo que soy ahora. Era introvertida, sí, pero también era muy rebelde. El deporte me ayudó a entender que en un equipo hay reglas y respeto, y puedo decir, sin temor a equivocarme, que el hockey me transformó como persona, no solo como jugadora.
—¿Qué te motiva hoy, fuera de las canchas, donde los incentivos son otros y el éxito se mide de otra manera que en el deporte?
—Cuando dejé el hockey, tuve que aprender cosas simples que nunca había hecho: hacer trámites, pagar impuestos, tener horarios flexibles. En el alto rendimiento vivís en una burbuja, con objetivos claros y un equipo que te respalda. Afuera, hay que enfrentarse sola a los miedos y reinventarse, y creo que en esto encuentro los desafíos para mejorar. Entendí que también se puede competir en otros ámbitos, aunque el aplauso no venga del público, sino de la satisfacción personal.
“SER CAPITANA ERA ESTAR ATENTA A TODO: QUE MIS COMPAÑERAS TUVIERAN LO NECESARIO, QUE LAS CONDICIONES FUERAN JUSTAS”.
—¿Cómo viven tus hijos tu pasado deportivo? ¿Los ves siguiendo tus pasos o los de Fernando?
—Ellos ven un gol y dicen: “¡Es mamá!”, y lo mismo pasa cuando vemos algún partido de tenis, enseguida lo relacionan con Fernando[habla de Fernando González, extenista profesional y actualmente casado con Luciana]. Me piden que les muestre videos, se entusiasman mucho, pero no creo que sean deportistas, es mucha presión. Prefieren pintar o hacer otras actividades. Yo siempre les hablo del deporte como un formador de valores, más allá de si lo eligen profesionalmente o no, que es lo menos importante. Si lo hacen, van a tener todo el respaldo de nuestra parte, pero si no, para nosotros no cambia nada, vamos a acompañar cualquier paso que quieran dar.
“HABER DEJADO DE JUGAR ME OBLIGÓ A REINVENTARME. AHORA VALORO COSAS QUE ANTES NO VEÍA Y TAMBIÉN SON VICTORIAS”.
—¿Te arrepentís de todo el sacrificio que tuviste que hacer o estás tranquila con eso?
—Hice lo que más me gustaba hacer, aunque con la incertidumbre de no saber si podría vivir de esto. En ese momento nos costeábamos todo, no había becas, y me preguntaba si tanto esfuerzo valdría la pena. Tuve la suerte de ser reconocida, tener sponsors y jugar de manera profesional, pero es cierto que llevás una adolescencia y juventud distintas, perdiéndote eventos sociales, familiares y de amigos. Aun así, yo era feliz dentro de una cancha, y eso me era suficiente.
—Cuando te preguntan qué hay que hacer para ser Lucha Aymar, ¿qué respondés?
LUCIANA AYMAR – FOTO POR FOURTHANDFIFTEEN, VÍA FLICKR (CC BY 2.0).
—Siempre digo lo mismo: uno debe hacer lo que más feliz le haga. Si es estar en la Selección, ser una Leona, que sepa que implica sacrificios y una presión física y mental enormes. Debe ser constante, poner mucho corazón y siempre hacer un poco más que el resto. En este sentido, lo que suelo aconsejar es eso, que es necesario siempre dar un extra, en cada entrenamiento y cada día. Mi clave fue siempre dar ese plus, no conformarme nunca.
—¿Creés que el éxito se termina con el retiro?
—Para nada. Hay otros tipos de triunfos. La cancha me dio todo, pero la vida fuera de ella también tiene victorias que valen igual o más.
A lo largo de su trayectoria, Luciana Aymar entendió que la exigencia, la disciplina y el compromiso no solo sirven para ganar medallas. Hoy aplica esos aprendizajes a su vida diaria, con la misma pasión que la llevó a convertirse en leyenda. Para ella, el verdadero triunfo está en seguir aprendiendo, inspirar a otros y encontrar, en cada etapa, una nueva manera de dar lo mejor de sí.