12, Enero 2021
Víctor García: Cocinar para compartir, no para impresionar

Víctor García, el cocinero venezolano más conocido como “El Gordo cocina”, comparte su mirada sobre la cocina como un acto de amor, recuerdos y conexión. Habla de la importancia del orden, del infaltable sofrito y del valor emocional de una receta heredada. Con calidez y estilo propio, y fiel a su lema de “comer bien sin complicarse” –como anuncia en su cuenta de Instagram @elgordococina–, nos invita a soltar el perfeccionismo y animarnos a disfrutar el proceso.
—¿Cuáles son los principios básicos que todo cocinero –profesional o no– debería tener en cuenta al preparar un plato?
—Para mí los principios básicos son el orden, la limpieza y la organización. Si antes de empezar ordenás todo, cortás y picás lo que necesitás, y vas lavando a medida que usás, vas a disfrutar mucho más de la experiencia de cocinar, vas a lograr mejores resultados y no se te va a hacer tan pesada la limpieza post comida.
—¿Qué errores comunes se suelen cometer en la cocina y cómo se pueden evitar?
—Para mí, uno de los errores más comunes es no tener todo listo y a mano. Si, por ejemplo, necesitás agregar cebolla cortada, y recién en ese momento te ponés a prepararla, lo que tengas en la sartén o cacerola se puede quemar. Organizarse es clave.
—¿Qué técnicas recomendás dominar primero para empezar a mejorar en la cocina?
—Las técnicas que más recomiendo practicar son las de corte y todo lo que tiene que ver con el manejo de cuchillos y utensilios. Un buen tip: siempre un trapo húmedo bajo la tabla para evitar que se deslice y evitar cortes. Y usá cuchillos bien afilados. ¿Sabías que si generalmente llorás cortando cebolla es porque tu cuchillo está desafilado? Al no cortar bien, rompe células que liberan el líquido irritante que nos hace lagrimear.
“El contexto lo es todo a la hora de pensar en un menú”.
—¿Qué ingredientes o estrategias usás cuando querés garantizar sabor con pocos pasos?

—Para lograr un gran sabor en pocos pasos, lo fundamental es hacer un buen sofrito. Cebolla, morrón, ajo… y una infinita variedad de combinaciones posibles: con apio, zanahoria, hierbas, entre otros. Hervís porotos, le agregás un sofrito y se transforman en un gran plato. Lo mismo pasa con cualquier salsa o sopa.
—¿Qué elementos considerás esenciales para lograr una buena experiencia culinaria, más allá del sabor?
—Para mí, cocinar es disfrutar del momento, de la experiencia en sí. A mí me ayuda mucho la música, tener algo rico para tomar, estar cómodos y ordenados.
También elegir con tiempo la vajilla y los utensilios que vayas a necesitar, e ir limpiando a medida que cocinás. De verdad, todo eso cambia muchísimo la experiencia.
—¿Qué importancia tiene el contexto (clima, lugar, momento) a la hora de pensar un menú?
—El contexto lo es todo a la hora de pensar un menú. No comemos igual en invierno que en verano, ni es lo mismo un almuerzo al sol que una cena íntima en casa. El clima, el lugar y el momento no solo condicionan qué ingredientes están disponibles, sino también qué nos pide el cuerpo y el alma.
Una sopa humeante puede ser reconfortante en una noche fría, pero pesada e incómoda bajo el sol del mediodía. Un tapeo liviano, fresco y lleno de colores puede ser perfecto para compartir en una terraza con amigos. El menú tiene que hablarle al contexto: a la estación, al tipo de encuentro, a la energía del día.
Además, la experiencia no empieza cuando el tenedor toca el plato, sino mucho antes. La música, la luz, los aromas del ambiente y hasta la conversación en la mesa, todo influye en cómo se recibe y disfruta la comida.
Pensar un menú es también imaginar una escena, casi como un director de cine que arma un guión donde cada elemento cuenta. Por eso, cocinar no es solo combinar sabores: es leer el entorno y ofrecer algo que lo complemente, lo eleve y lo vuelva inolvidable.
“Cocinar no es solo combinar sabores: es leer el entorno y ofrecer algo que lo complemente, lo eleve y lo vuelva inolvidable”.
—¿Qué tiene la cocina que la convierte en algo más que preparar alimentos?
—La cocina es mucho más que preparar alimentos. Es una forma de dar amor, de cuidar, de decir “estoy acá para vos” sin necesidad de palabras. Cocinar para alguien es ofrecerle tiempo, atención y parte de uno mismo. Es transformar ingredientes en algo que nutre, reconforta y celebra.
Cuando cocinás, no solo alimentás cuerpos: también alimentás vínculos, memorias, emociones. Una comida casera puede ser un abrazo en días difíciles, una fiesta en días felices, o simplemente un puente para compartir con otros. En la cocina se condensa la cultura, la historia, la identidad. Cada receta guarda algo de lo que fuimos, de lo que somos y amamos.
Por eso, la cocina no es solo técnica o rutina: es un acto profundamente humano, creativo y afectivo. Para mí, es una de las formas más sinceras que tengo de dar amor. Y quizás por eso, darle de comer a la gente es una de las cosas que más disfruto en la vida.
“La cocina no es solo técnica o rutina: es un acto profundamente humano, creativo y afectivo. Para mí, es una de las formas más sinceras que tengo de dar amor”.

—¿Cómo influyen los recuerdos, la memoria o las emociones en la preparación de un plato?
—Para mí, los recuerdos y las emociones son indispensables a la hora de preparar algunos platos. Como esos que disfrutamos tanto, que hacían nuestros padres o abuelos… es volver a buscar ese sabor a hogar.
—Como referente, ¿qué responsabilidad tienen hoy quienes comunican cocina en redes?
—Creo que cada vez más tenemos la responsabilidad de comunicar la cocina desde el lugar que se merece, guiando y ayudando a quienes quizás nunca se animaron, a que lleguen a buen puerto con lo que están haciendo y entiendan los procesos, más allá de una receta. Si alguien se queda con algo que dije y lo aplica en el día a día, entonces mi trabajo ya está hecho.
—Si alguien quiere conocer la cocina venezolana, ¿por qué plato debería empezar y qué lo hace especial?
—La cocina venezolana es un crisol de culturas, donde se mezclan la cocina mantuana con la indígena y la negra, dando origen al pabellón, las cachapas, los tequeños y, por supuesto, las arepas.
