Cultura y sociedad

12, Enero 2021

Facundo Arana: pasión, pausa y reflexión

Artista, músico, actor, y un largo etcétera. Nos sentamos a charlar con Facundo Arana sobre la búsqueda de la pasión, la paz, el tiempo y el aprendizaje constante. Una conversación íntima que repasa sus hazañas, vivencias y enseñanzas.

“Soy artista”. Así, sin vueltas, se presenta Facundo Arana. Pero enseguida amplía: padre de tres hijos, un aventurero, “una persona plena”. La palabra no es casual. A los 54 años, dice haber encontrado algo que durante mucho tiempo buscó: paz.

No habla de un camino fácil. “Todos los caminos son complejos”, reconoce. Pero sí de un balance. De sentarse a mirar lo recorrido y descubrir que, pese a las dificultades, las alegrías pesan más. “Mis alegrías son bellas —dice— y mis tristezas se vuelven recuerdos que ya no duelen”. En esa elección de palabras aparece otra clave: la belleza. No como estética, sino como forma de habitar la vida.

Si hay un logro que no duda en destacar, no está ligado a su carrera ni a los números. “Mi familia. Pero por afano”, afirma. Para él, el éxito no se mide en rating ni en popularidad, sino en algo más simple y profundo: ver a sus hijos crecer, compartir la vida con sus seres queridos, construir vínculos que perduren. “Apoyás la cabeza en la almohada y pensás en ellos. Ese es el éxito”.

El arte como camino

Su recorrido artístico es diverso: dibujo, música, actuación. Pero más que una suma de disciplinas, lo describe como un proceso. A los 10 años descubrió el dibujo y esa capacidad de “entrar en un universo” al apoyar el lápiz. A los 13, el saxo lo atravesó por completo. A los 15, la actuación le permitió hacer algo que hasta entonces le resultaba imposible: mirar a alguien a los ojos. “Era muy tímido. El arte fue una forma de poder vivir en el mundo”, explica.

Esa relación con el arte también implica una lógica distinta a la del reconocimiento externo. “El artista tiene que apoyarse en su propia validación”, sostiene. Elegir ese camino implica renuncias, incertidumbre y, muchas veces, incomodidad. Pero también una recompensa que no se negocia: “Tu alma va a sonreír”.

A lo largo de los años, su idea de éxito se fue corriendo de lo cuantitativo a lo esencial. En un contexto donde suele medirse en resultados visibles, su definición corre el eje hacia lo íntimo. Recuerda con afecto cada proyecto, cada equipo, cada experiencia compartida, pero lo que permanece no es el rating o las cifras, sino los vínculos. “El éxito es caminar por la calle y que la gente te quiera”, resume.

En este sentido, hay una frase que lo acompaña desde hace décadas y que, según dice, ordenó su vida: “pasión, pausa y reflexión”. Un ritmo que le permitió avanzar sin perderse. A eso se suma otra idea que aparece como hilo conductor en su mirada: el tiempo. “Somos tiempo”, repite, citando a su padre.

 “Éxito es caminar por la calle y que la gente te quiera”

Recuerda una escena simple: sentado con su papá frente al mar, tomando mate, sin hacer nada. O, mejor dicho, perdiéndose en el tiempo. Un momento sin objetivos, sin urgencias, pero cargado de sentido. De esos que, años después, siguen presentes. “No es lo mismo perder el tiempo que perderse en el tiempo”, diferencia. En esa pausa, dice, también hay disfrute.

En un presente atravesado por la urgencia y la productividad constante, su mirada sobre el tiempo se vuelve casi contracultural. No se trata solo de “aprovecharlo”, sino de habitarlo. De poder frenar sin culpa, de darle lugar a lo que no tiene un objetivo concreto. “No todo tiene que ser útil para ser valioso”, sentencia.

Aprender para seguir

Su curiosidad sigue intacta. Habla de estudiar sobre los persas mientras corre, de escuchar historias, de aprender constantemente. No desde la obligación, sino desde el deseo. “Me encanta aprender”, menciona , como si fuera un motor que no se apaga.

Lejos de posicionarse como alguien que tiene respuestas para todo, elige escuchar. Sobre todo a las nuevas generaciones. “Me aburría cuando me sermoneaban. Prefiero escuchar”. Esa apertura también forma parte de su forma de estar en el mundo.

Facundo Arana en su participación en el ciclo “Historias detrás de la historia” que SanCor Salud realizó a lo largo de 2025.

También hay lugar para lo espiritual. Su vínculo con Dios es personal, directo, atravesado por la experiencia. No esquiva el conflicto ni las preguntas, pero sostiene la fe como una presencia constante en su vida. “Le pido, le agradezco. A veces la respuesta no es la que espero, pero no la discuto”, afirma.

Si tuviera que nombrar su vida como una película, la llamaría “En el aire”. La imagen no es casual: volar, escalar, moverse, explorar. Pero también dejarse atravesar por lo que viene. “Me gusta mucho todo, tengo muchas pasiones y las vivo con intensidad”, cuenta, con una mezcla de gratitud y asombro.

Y aunque reconoce que ya vivió experiencias que lo llenan, no habla desde la idea de cierre. Al contrario: hay una voracidad por lo que todavía puede aparecer. No necesariamente como meta, sino como posibilidad. “Hay tanto por hacer que no sé qué es lo próximo. Pero sé que voy a estar ahí”.

En ese equilibrio entre lo vivido y lo que vendrá, entre la intensidad y la pausa, Facundo Arana construye una idea de bienestar que no tiene fórmulas, pero sí una certeza: cuando el balance da paz, el camino, con todo lo que implicó, valió la pena.

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