Saludablemente

12, Enero 2021

Patricia Faur: El buen amor es libre

Hay vínculos que, lejos de dar tranquilidad y contención, terminan agotando y abrumando. Patricia Faur, psicóloga experta en dependencia emocional y apegos patológicos, nos ayuda a reconocer esas relaciones que lastiman, a entender por qué cuesta tanto soltarlas y a descubrir cómo el amor propio es la clave para construir lazos que realmente hagan bien.

—¿Qué consecuencias tiene sostener vínculos que dañan por miedo a la soledad o al abandono?

Patricia Faur, psicóloga experta en dependencia emocional.

—Las consecuencias no son solo emocionales. Mantener una relación dañina genera un estrés crónico silencioso: uno se sobreadapta a ese malestar y lo naturaliza. Con el tiempo, la persona se va enfermando sin darse cuenta; ese estrés impacta en todo el organismo y estalla en síntomas somáticos, como enfermedades autoinmunes, cardiovasculares, diabetes tipo 2, pérdida de memoria o atención, trastornos de ansiedad y depresión. Y la consecuencia de eso también es el aislamiento, porque la persona se va encerrando en sí misma.

—¿Qué patrones emocionales suelen aparecer en relaciones difíciles?

—Principalmente, patrones de apego inseguros, infantiles, relacionados con niños “parentalizados”, es decir, que desde muy pequeños asumieron roles de adultos y cuidaron a alguno de sus padres cuando no estaban en condiciones. Se trata de patrones de apego ansiosos o evitativos, que reflejan la falta de confianza en sí mismos y en los otros.

—¿Qué diferencia hay entre amar y depender emocionalmente?

El buen amor es libre: te permite ser vos, sin miedo a ser juzgado/a, criticado/a o abandonado/a. Existe una dependencia “normal” o un apego seguro, porque no vivimos aislados. Pero en la dependencia emocional patológica, todo el tiempo se vive en estado de alerta, teniendo que hacer cosas para ser querido/a. Eso no es amor.

—¿Por qué es tan difícil soltar, incluso sabiendo que ese vínculo lastima?

Porque las dependencias emocionales funcionan como cualquier otra adicción de comportamiento, vienen a llenar un vacío. Como el tabaco, el trabajo, el sexo, un celular, la comida o la droga, cualquiera puede ser adictógeno; una relación también, porque lo que hace es “distraernos” de nuestro propio vacío. Cuando las soltamos, nos encontramos con ese vacío profundo que está por debajo y con ese dolor que no queremos afrontar.

“El amor propio es independiente de la valoración de los demás. Tiene que ver con un sentido de dignidad y de merecimiento”.

—¿Qué señales indican que estamos en un vínculo que resta más de lo que suma?

—Más que pensarlo en términos de “suma o resta”, sí hay señales claras: el buen amor no enferma, no somete, no maltrata, no humilla. No hay ninguna de estas sensaciones.

Puede haber momentos de zozobra, crisis, desacuerdos, tristeza, decepción, pero nunca se transforma en algo crónico, relacionado con un vínculo que haga sentir humillada, denigrada o con pérdida de dignidad. La señal más importante es que las personas en estas relaciones se pierden a sí mismas, no saben quiénes son.

—¿Qué herramientas pueden ayudar a salir de la dependencia afectiva?

—La clave es entender que no se trata solo de salir de esta relación. Alguien puede ser dependiente emocional y ni siquiera estar en pareja, o estar apegado patológicamente a un vínculo que terminó hace años, o estar obsesionado con uno que ni siquiera empezó. Lo importante es reaprender a vincularse de un modo que no haga daño. Igual que quien tuvo un trastorno alimentario aprende a comer de otra forma, aquí se trata de aprender a amar desde la calma, no desde el vértigo o la alerta.

—¿Qué es realmente el amor propio?

El amor propio es independiente de la valoración de los demás. Tiene que ver con un sentido de dignidad y de merecimiento: por el solo hecho de existir, sé que tengo derecho a ser feliz, a ser respetada. Ese es el amor propio. La autoestima, en cambio, es variable porque depende de la validación de los demás, de logros o fracasos. Hay momentos en que la autoestima crece porque te sentís muy reconocida y validada, y otros momentos en que no. Por supuesto, si no hay amor propio, no hay autoestima que valga. No hay validación posible porque lo que falta es la principal validación que es la propia.

“El buen amor no enferma, no somete, no maltrata, no humilla”.

—¿Cómo influye el amor propio en los vínculos y en las elecciones afectivas?

—Influye de una manera muy importante. En un vínculo patológico, está claro que hay una falla en la identidad y en el amor propio, porque lo que se va perdiendo es la sensación de dignidad. Las personas que están en estos vínculos empiezan a consentir cosas que no quieren consentir en su vida de relación, en su vida económica, empiezan a traspasar límites que tienen que ver con sus propios valores o con sus principios, transgreden su propia identidad y eso le genera un sentimiento de indignidad.

—¿Qué significa “cuidar un vínculo”? ¿Qué cosas lo fortalecen en el día a día?

—Es, fundamentalmente, la claridad en la comunicación y la honestidad. Hoy se habla mucho de responsabilidad afectiva, pero debería ser la base de cualquier relación. Con la digitalidad y las redes, en un mundo cada vez más narcisista, hay una falta de empatía hacia el otro, de cuidado y responsabilidad en la manera en que uno comunica las cosas o no las
comunica. Por ejemplo, alguien que “ghostea” y desaparece está mostrando falta de cuidado y de responsabilidad afectiva.

—¿Cuánto influye la autoestima en las relaciones afectivas?

La autoestima se diferencia del autoconcepto. Hay personas que pueden tener un buen concepto de sí mismas, decir “soy inteligente, sociable, buena persona”, sin embargo no se sienten merecedoras del amor. Sienten que no alcanza, que lo que tienen para dar no es suficiente y que no van a ser elegidas.

—¿Cómo pueden los adultos acompañar a sus hijos adolescentes en los primeros vínculos?

—Escuchando, validando, generando confianza, sin juzgar. Y si se detecta maltrato emocional o alguna situación abusiva, deben intervenir sin prohibir, ayudando a hacerles ver a los jóvenes, por ejemplo, que los celos no son la medida del amor, sino que se relacionan con la posesión y la violencia.

Hay señales que padres y madres pueden observar, como situaciones de control y celos: exigir contraseñas, revisar teléfonos, borrar seguidores en redes o limitar con quién puede interactuar. Aquí es donde deben intervenir los adultos.

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