Saludablemente

12, Enero 2021

Ansiedad, autoexigencia y malestar emocional

En el Día Mundial de la Salud Mental, las reflexiones de la psicóloga Marina Mammoliti, publicadas en la reciente edición de la revista Vida y Salud, invitan a revisar cómo nos relacionamos con la ansiedad, la autoexigencia y los vínculos, y qué lugar les damos a nuestras emociones en la vida cotidiana.

Descansar y sentir culpa. Decir que sí cuando en realidad queremos decir que no. Exigirnos cada vez más, incluso cuando estamos agotados. Son situaciones que pueden formar parte de la rutina y pasar inadvertidas, pero también invitan a preguntarnos cómo nos relacionamos con nuestras emociones y qué lugar les damos en nuestra vida cotidiana.

La salud mental atraviesa múltiples dimensiones de la vida: la manera en que trabajamos, construimos vínculos, enfrentamos las dificultades y nos relacionamos con nosotros mismos. Sin embargo, reconocer el malestar no siempre resulta sencillo, especialmente en una cultura que premia la productividad, la disponibilidad permanente y la búsqueda constante de bienestar.

Algunas cifras ayudan a dimensionar el desafío. Un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA), publicado en 2025, registró que el porcentaje de población adulta urbana con síntomas de ansiedad y depresión pasó del 18,4 % en 2010 al 28,1 % en 2024, el valor más alto de la serie histórica.

En este contexto, recuperar las reflexiones de la psicóloga Marina Mammoliti, publicadas en la reciente edición de la revista Vida y Salud, permite explorar algunos comportamientos cotidianos que merecen atención: la autoexigencia, la dificultad para poner límites y la presión por estar bien todo el tiempo.

Cuando descansar genera culpa

“Cuando una cultura valora más lo que producís que lo que sos, muchas personas creen que su valor depende del rendimiento. Y eso es peligrosísimo: descansar genera culpa; frenar, angustia y equivocarse se vive como fracaso”, advierte Mammoliti.

La autoexigencia puede ayudarnos a alcanzar objetivos, pero se vuelve perjudicial cuando nuestra valoración personal depende de cumplir expectativas que nunca parecen suficientes. En esos casos, el descanso puede vivirse como una pérdida de tiempo y los errores, como una prueba de que no estamos haciendo lo necesario.

“Veo gente agotada intentando demostrar que merece existir. Personas que no descansan porque sienten que siempre deberían estar haciendo algo más”, señala la especialista.

Frente a esa dinámica, propone revisar las exigencias que incorporamos sin cuestionarlas. “¿Esto que me pido es lo que quiero para mí o responde a mandatos de la época?”, plantea. La pregunta invita a distinguir entre aquello que realmente nos importa y las expectativas externas que terminan condicionando nuestro bienestar.

La ansiedad también debe comprenderse en relación con el contexto en el que vivimos. La hiperestimulación, el exceso de información, la comparación permanente y la presión por rendir pueden contribuir a sostener estados de alerta y agotamiento. Aunque hoy existe mayor apertura para hablar de lo que nos pasa, Mammoliti advierte que las respuestas rápidas no siempre alcanzan para abordar experiencias complejas.

En lugar de combatir la ansiedad a cualquier costo, propone intentar comprender qué expresa y buscar maneras de actuar en consecuencia. Reconocer el malestar puede ser un primer paso para abordarlo.

Poner límites y cuidar los vínculos

Las dificultades emocionales también se expresan en nuestras relaciones. Decir que no, expresar una necesidad o establecer un límite puede generar culpa cuando tememos decepcionar a los demás.

Según Mammoliti, muchas personas fueron educadas para agradar, adaptarse y evitar los conflictos, incluso a costa de sus propias necesidades. Por eso, aprender a poner límites requiere revisar creencias arraigadas y aceptar que cambiar una conducta habitual puede generar incomodidad.

“El primer paso no es dejar de sentir culpa, sino diferenciarla del malestar”, explica. Sentirse incómodo al actuar de una manera diferente no significa necesariamente estar haciendo algo incorrecto.

La responsabilidad afectiva también ocupa un lugar central en este proceso. Implica reconocer el impacto de nuestras acciones, comunicarnos con claridad y hacernos cargo de lo que sentimos, sin responsabilizar a los demás por resolver todas nuestras emociones.

En ese sentido, expresar necesidades, frustraciones y límites permite construir relaciones más honestas y reducir los malentendidos.

No tenemos que estar bien todo el tiempo

Otro de los desafíos actuales es la presión por alcanzar una felicidad permanente. La comparación con las versiones idealizadas de la vida que circulan en las redes sociales puede reforzar la idea de que el dolor, la tristeza, el aburrimiento o la incertidumbre son estados que deberíamos evitar.

Para Mammoliti, esa expectativa desconoce la diversidad de la experiencia humana. La salud emocional implica poder atravesar distintas emociones, reconocerlas y encontrar formas de transitarlas.

“Prefiero hablar de una vida con sentido antes que de una vida feliz todo el tiempo. Una vida donde haya momentos de alegría, pero también dolor, aburrimiento, duelo, incertidumbre, amor, calma, contradicción. Eso es vivir”, afirma.

La salud emocional implica poder atravesar distintas emociones, reconocerlas y encontrar formas de transitarlas.

Su reflexión invita a revisar las expectativas que depositamos sobre nosotros mismos y a reconocer que el bienestar no siempre se traduce en sentirse bien. Escuchar las propias necesidades, respetar los tiempos personales y pedir ayuda cuando el malestar persiste también forman parte del cuidado de la salud mental.

En el Día Mundial de la Salud Mental, las reflexiones de Mammoliti recuperan una pregunta que trasciende la efeméride: ¿cuánto espacio dejamos en nuestra vida para reconocer lo que sentimos?

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