12, Enero 2021
Donde hay dolor, habrá canciones
La pérdida física del Indio Solari abrió un hueco en millones de almas que solo podrá intentar llenarse con su música. Un legado de rock, resistencia, arte, rebeldía y mucho, pero mucho amor.

El viernes 5 de junio, la noticia que parecía imposible terminó por llegar. Carlos Alberto “Indio” Solari murió y, con él, se fue una de las figuras más influyentes y queridas de la cultura popular argentina.
Si bien era de público conocimiento que padecía Parkinson desde hacía años, el carácter repentino de la noticia multiplicó el impacto. Nadie está realmente preparado para despedir a quienes acompañaron buena parte de nuestra vida.
Casi de inmediato, el país entero comenzó a rendirle homenaje. Músicos, artistas, periodistas, deportistas y referentes de todos los ámbitos compartieron recuerdos, canciones y palabras de gratitud. Las redes sociales se poblaron de imágenes, anécdotas, versos y versiones que, de una manera u otra, ayudaban a procesar la ausencia.
Porque si algo consiguió el Indio, primero junto a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y luego durante su carrera solista con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, fue construir una comunidad. Las famosas “misas ricoteras” trascendieron el formato de un recital para convertirse en un fenómeno cultural y humano difícil de explicar.
Cada encuentro era una especie de ceremonia colectiva en la que miles de personas dejaban de lado las diferencias cotidianas para sentirse parte de algo mucho más grande; algo que les era propio. En esos recitales se abrazaban el estudiante y el trabajador, el changarín y el profesional, el privilegiado y el postergado. Cuando el Indio convocaba, todos eran iguales.

Pero esa pertenencia fue mucho más allá de la música. En torno a las canciones del Indio se forjaron amistades que llevan décadas, nacieron parejas, se consolidaron grupos de viaje y hasta se formaron familias enteras. Para muchos, el universo ricotero no fue solamente una banda sonora, sino también el lugar donde encontraron personas con las que compartir la vida.
Tal vez allí radique uno de los mayores logros de Solari: haber generado una comunión pocas veces vista en la historia argentina. Por eso, su despedida también fue multitudinaria. Casi un millón de personas se acercaron a Villa Domínico para darle el último adiós, formando largas filas y esperando durante horas simplemente para agradecerle.
Sin embargo, la historia del Indio no termina con su partida. El legado de Los Redondos continúa vivo y sigue encontrando nuevos adeptos, incluso entre quienes nacieron mucho después de la separación de la banda en 2001. Padres que les muestran canciones a sus hijos, jóvenes que descubren discos de otra época y comunidades enteras que mantienen viva una obra que ya forma parte del patrimonio cultural argentino.
¿Qué une a toda esa gente que llora su muerte? La respuesta quizás sea sencilla: la música y el amor. La comunidad que el Indio ayudó a construir seguirá encontrándose, como lo hizo siempre, alrededor de sus canciones. Porque las personas pasan, pero los abrazos, las amistades, las historias compartidas y el amor que su música hizo florecer van a perdurar.
No se fue solamente un músico. No se fue solamente un artista. Se fue uno de los ídolos populares más grandes de la Argentina.
Y quizás por eso, en medio de tanta tristeza, una de sus propias frases vuelva a cobrar sentido: “Donde hay dolor, habrá canciones”.
