12, Enero 2021
¿Por qué en invierno sentimos más hambre?
Llega el frío y, casi sin darnos cuenta, cambian también nuestros hábitos. De golpe, una ensalada deja de resultar tan tentadora y un plato de guiso, una sopa caliente o un chocolate parecen mucho más difíciles de resistir. Incluso quienes durante el verano comen más liviano sienten que, en invierno, el apetito aumenta.

No es solo una sensación. Aunque no ocurre igual en todas las personas, distintos estudios muestran que las bajas temperaturas, la menor cantidad de horas de luz y algunos cambios que se producen en el organismo pueden hacer que sintamos más hambre durante esta época del año.
El frío pone al cuerpo a trabajar
La primera explicación está en el propio organismo. Nuestra temperatura interna se mantiene cerca de los 37 °C y, cuando hace frío, el cuerpo debe hacer un esfuerzo adicional para conservar ese equilibrio.
Para lograrlo activa distintos mecanismos, como la vasoconstricción —que reduce la pérdida de calor a través de la piel— y, cuando la exposición al frío es intensa, los conocidos temblores musculares. Todo ese trabajo requiere energía.
En la mayoría de las personas el aumento del gasto calórico es moderado, especialmente si pasan gran parte del día en ambientes calefaccionados. Sin embargo, quienes permanecen varias horas al aire libre o realizan actividad física en condiciones de bajas temperaturas pueden experimentar una mayor sensación de hambre.
Pero el frío no explica todo. El apetito también está regulado por un complejo sistema hormonal en el que intervienen sustancias como la grelina, que estimula el hambre, y la leptina, que envía señales de saciedad al cerebro. Algunas investigaciones sugieren que los cambios estacionales, junto con la menor exposición a la luz natural y las modificaciones en las rutinas diarias, podrían influir en ese equilibrio.
¿Por qué nos tientan más ciertos alimentos?
No es casual que en invierno nos den más ganas de comer platos calientes, pastas, guisos o algo dulce después de cenar.
Estos alimentos aportan energía, generan una sensación de confort y, además, activan circuitos de recompensa en el cerebro relacionados con el placer y el bienestar. En otras palabras, no solo alimentan el cuerpo: también brindan una sensación de abrigo que muchas personas buscan de manera casi instintiva cuando bajan las temperaturas.

A esto se suma otro factor. Los días son más cortos, solemos pasar más tiempo dentro de casa y, en muchos casos, disminuye la actividad física. La menor exposición a la luz solar también puede influir en el estado de ánimo y favorecer el deseo de consumir alimentos considerados “reconfortantes”.
Por eso, muchas veces no resulta sencillo distinguir si realmente tenemos hambre o simplemente ganas de comer.
Los especialistas diferencian el hambre fisiológico —que aparece de forma gradual porque el organismo necesita energía— del hambre emocional, que suele surgir de manera repentina y está relacionada con el estrés, el aburrimiento, la ansiedad o determinados hábitos. Durante el invierno, ambas pueden confundirse con facilidad.
Disfrutar del invierno, sin excesos
Sentir un poco más de apetito durante los meses fríos es, en principio, una respuesta normal del organismo. La clave no está en prohibirse ciertos alimentos, sino en encontrar un equilibrio.
Las preparaciones caseras con verduras y legumbres, las proteínas de buena calidad, los cereales integrales y las frutas de estación ayudan a generar saciedad y aportar los nutrientes necesarios. También es importante mantener una buena hidratación —aunque la sensación de sed disminuya— y sostener algún nivel de actividad física, incluso si se trata de una caminata diaria.
Comprender estos mecanismos permite vivir esta estación con menos culpa y más conciencia: disfrutar de un plato caliente cuando hace frío puede ser parte de una alimentación saludable, siempre que se mantenga el equilibrio.
