Saludablemente

12, Enero 2021

¿Por qué no podés hacerte cosquillas a vos mismo? La explicación está en tu cerebro

Intentar hacerse cosquillas a uno mismo y obtener la misma reacción que cuando las hace otra persona es biológicamente imposible para un cerebro sano. Aunque la piel recibe exactamente el mismo estímulo mecánico, el cerebro procesa el toque propio de una manera completamente distinta a uno externo.

La clave de este fenómeno no está en la sensibilidad de la piel, sino en un proceso que los neurocientíficos llaman atenuación sensorial. Cada vez que movemos una mano con la intención de tocarnos, el cerebro no espera a recibir la información del contacto: antes de que el dedo toque la piel, la corteza motora ya envió un aviso interno con la predicción exacta de qué va a sentir el cuerpo, dónde ocurrirá el contacto y con qué intensidad.

Como el cerebro ya sabe exactamente lo que va a pasar, le resta prioridad al estímulo y “apaga el volumen” de la respuesta sensorial y emocional. Sin incertidumbre, no hay sorpresa; y sin sorpresa, no hay cosquillas.

Lo comprobó la ciencia

Esta explicación fue demostrada en una investigación liderada por la neurocientífica Sarah-Jayne Blakemore y su equipo en el University College London.

En su experimento, los participantes utilizaban una palanca para controlar un mecanismo robótico que les hacía cosquillas en la palma de la mano. Cuando el movimiento del robot era instantáneo y respondía al 100% al control del participante, la sensación de cosquilleo era prácticamente nula.

Sin embargo, los investigadores introdujeron una trampa: un desfase de apenas 100 a 200 milisegundos entre el movimiento del participante y la respuesta del robot. Ese mínimo retraso bastó para descolocar al cerebro. Al no coincidir el tiempo esperado con la sensación recibida, la capacidad de predicción falló y la sensación de cosquillas reapareció de inmediato.

El cerebelo: el “predictor” del cuerpo

El gran responsable detrás de este filtro es el cerebelo. Aunque históricamente se lo asoció solo con el equilibrio y la coordinación motora, hoy se sabe que funciona como el gran “simulador” del cuerpo: compara constantemente lo que el cerebro espera sentir con lo que realmente siente.

Cuando ambas señales coinciden, el cerebelo reduce la actividad en la corteza somatosensorial (la zona que procesa el tacto) y en las áreas ligadas al placer y al sobresalto. Lejos de ser un defecto, esto es una ventaja evolutiva vital: si el cerebro procesara con la misma intensidad cada roce de nuestra propia ropa o cada paso que damos, colapsaría saturado de información inútil. Neutralizar lo predecible le permite estar alerta ante lo verdaderamente importante: los estímulos externos que podrían representar un peligro.

En definitiva, el secreto de las cosquillas no está en los dedos, sino en la capacidad del cerebro para sorprenderse. Y cuando somos nosotros quienes iniciamos el movimiento, esa sorpresa simplemente desaparece.

Compartilo en: